Duele fuerte el desamor.
Nunca andan lejos ni la tristeza, ni la falta de ilusión por seguir adelante.
La ruptura no estaba lejana y conservaba la esperanza de una reconciliación. El aparecía y desaparecía a su antojo, con palabras ambiguas, sin promesas. Ella esperaba. Y desesperaba.
No se permitía llorar. Nadie debía saber de su dolor. Ël menos q nadie.
Si se veían, le contaba q todo iba bien. Que se divertía en su nueva condición de soltera.
A veces, las lágrimas brotaban sin q pudiera detenerlas y entonces él se marchaba con gesto de fastidio. Bastante dolor tenía él para aguantar los dolores ajenos! Al fin y al cabo, el estaba libre de culpa. Ella había desencadenado la ruptura.
Los meses pasaban llenos de días largos y tristes. Las horas transcurrían tan lentamente que el dolor parecía hincharse en su estómago, subir por su pecho e instalarse en su cabeza hasta que ya no cabía. Veía muy cerca la locura y deseaba intensamente terminar de una vez. Aquel día, justo en ese momento sonó el móvil: “¿mamá?”. El coqueteo con la muerte había terminado.
Una copa, dos, seis… ¿me mas daba? Tres paquetes de tabaco al día ¿quien quiere vivir hasta los noventa? Si alguna vez se arrepentía de sus excesos, se decía que quizá viviría un día menos y eso la animaba a tomar la última. Con un poco de suerte, se estrellaría volviendo a casa.
Aquella calurosa noche de agosto, Madrid parecía una ciudad fantasma. Les costó encontrar un restaurante donde cenar.
Tras la fachada impecable de cuarentonas atractivas y divertidas, bullían cuatro mentes atormentadas, deseosas de olvidar. Sentadas en la terraza del local, comieron poco y bebieron mucho. Los hombres son odiosos, pero… busquemos alguno!
Faltaba “la última”, esa q llena la cabeza de niebla y olvido... o de osadía y recuerdo.
Encontraron un garito, medio vacío, con salsa y mojitos. Perfecto.
A ninguna la esperaba nadie en casa, la noche acababa de empezar.
Risas y contoneos. Otro mojito!
En una esquina del local, cerca de donde ellas estaban, un hombre miraba ceñudo hacia la pista de baile. Parecía censurar cuanto ocurría y no dejaba de mirar el reloj antiguo q llevaba en la muñeca.
Su aspecto era extraño. Muy alto, muy delgado, pelo blanco no muy corto y un bigote que sólo había visto antes en Dalí, aunque el del hombre era más poblado y blanco que el del pintor. Vestía pantalón gris y chaqueta azul marino, de cuyo bolsillo superior sobresalía, sin orden aparente, un pañuelito de seda color crema.
En cuanto se fijaron en él empezaron las bromas y las risas. Parecía salido de una lámina de principios de siglo. Estaba completamente fuera de lugar entre los vaqueros y las camisetas sudorosas. Con esa pinta de haber viajado en el tiempo, aterrizando en un lugar y en un momento extraños y, a juzgar por su expresión, francamente desagradables.
No les dirigió ni una mirada. Y eso era algo que cuatro mujeres guapas y achispadas no podían consentir. “Dile algo” “Acércate”
Animada por el alcohol, picada por la curiosidad y con la certeza de que no tenía nada q perder, se acercó a él. No la miró.
Pensó que lo mejor seria dirigirse a él imitando el que, suponía, sería su discurso:
- Disculpe caballero, ¿sería tan amable de darme fuego?”.
Sin mirarla, el hombre sacó del bolsillo un mechero BIC (eso no se lo esperaba) y encendió su pitillo. No le dio ninguna posibilidad de decir nada más. Siguió observando a los bailones con tal aire de reprobación que ella volvió a su sitio un tanto intimidada, mientras sus amigas reían demasiado alto.
No iba a darse por vencida tan fácilmente. Aquel hombre, por lo menos, la miraría y le dirigiría una sonrisa. Incluso, de no ser así, las risas y los comentarios graciosos con sus amigas, estaban asegurados,
- Disculpe otra vez caballero, ¿sería tan amable de indicarme dónde están los lavabos?.
Esta vez la miró con incredulidad… ¿se lo preguntaba a él?
- No tengo ni idea señorita, no trabajo aquí - dijo tras dirigirle una mirada despectiva y furibunda.
No recordaba q ningún desconocido la hubiera mirado así, al menos no en el mundo de la noche, dónde el objetivo masculino solía ser cobrar una pieza con la q “pasar un rato agradable”, a ser posible, horizontal.
Ahora se sentía retada. Como mínimo tendría que mandarla a la mierda para que ella y sus amigas pudieran ensañarse.
Se acercó otra vez.
- Discúlpe de nuevo… podría decirme…?.
No terminó la frase. El se volvió con cara de indignación y la interrumpió:
- Señorita, ¿me está usted tomando el pelo?.
- Sí.
La miró rojo de ira, con los puños apretados y… de repente… sonrió!
- No me quedará entonces mas remedio que invitarla a una copa”
- No, no le queda mas remedio”
sábado, 24 de mayo de 2008
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2 comentarios:
Bienvenida al bloguerío y mas con esa entrada tan espléndida...te pondré un reclamo en mi blog.
Y te mandaré una foto para que ilumines esta entrada
bsssssssssssssssssssssss
M.
Gracias reguapo!!
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